MIMETISMO EN LA PAREJA: UN AGUJERO NEGRO PARA LA MUJER

Son varios los testimonios y las constancias de que, tras largos años de vivir en pareja, dos personas se manifiestan con gestos y palabras iguales, miran el mundo, entienden la vida de similar manera, sus tendencias o disposiciones son semejantes y hasta llegan a parecerse fisonómicamente. El mimetismo es una capacidad de los seres animados para transformar algunas de las características de su cuerpo y confundirse con otros organismos distintos o con el entorno, de esa manera de camuflan para salvar su vida o lo hacen como una estrategia formidable para cazar y alimentarse. 

En lo más alto de la escala evolutiva animal, las personas también se mimetizan, pero a través de un proceso complejo donde la cultura tiene un peso extraordinario que por lo general tiene que ver con los poderes asignados y los poderes adquiridos de las personas y el juego que con estos se implementa en todas las relaciones interpersonales. 

El fenómeno es medianamente complejo y globalmente extendido, porque se sostiene al parecer, con un fundamento fisiológico que aún está por probarse: la presencia de las neuronas espejo, asunto del que no nos vamos a ocupar ahora, sino de una forma singular y nefasta de mimetismo a través del cual la mujer, comprometida en una relación de pareja con convivencia, paulatinamente modifica su comportamiento para adaptarse en primera instancia al patrón cultural de conducta que impulsa la moral de la sociedad patriarcal, causando al mismo tiempo una conformidad con lo que la sociedad espera de ella, de tal manera que inicia su mimetismo asumiendo el rol de “mujer casada” o de “mujer de…” papel que ya implica varias cortapisas para el desenvolvimiento autónomo.

La mujer al descender a este escalón de aceptación de roles, ya se mimetiza con el modelo cultural de mujer que estipula la sociedad. Enseguida, desciende otra grada hacia el mimetismo mental y emocional donde se observa una sincronía y coincidencia de la mujer con las necesidades e intereses del varón. La mujer revoca sus propias aspiraciones, por ejemplo, si en la pareja se habla de estudiar y él expone su necesidad de hacerlo, ella también piensa que él debe ir antes; si hay que decidir por la compra de un departamento, ella coincide que el criterio masculino es el apropiado para aquellos asuntos; lo mismo sucederá al escoger el modelo de auto, el tipo de ordenador y el lugar de vacaciones. 

Tanta similitud en el acto de percibir la realidad circundante, de sentir y actuar, irá a desembocar en la falta de autonomía de la mujer, impotencia para tomar decisiones y dependencia total del varón. Hay mujeres –y esto ya como daño colateral de la violencia manifiesta– que han cedido tanto, que lo único que les quedaba, sus derechos, también los posponen para preservar una pareja y una familia y optan por no denunciar al agresor y callar incluso abusos sexuales incestuosos. En resumen, no es que la mujer mimetizada solo haya perdido su libertad y autonomía, la realidad es que ha sido devorada por completo por el agujero negro de la subordinación.  

Por fuera de la relación de pareja donde está sucediendo el mimetismo de una mujer –y para dejar de creer que es solo la asimetría de poder de ella frente al esposo y el afán de congraciamiento lo que la despersonaliza– debemos resaltar que actúan también potentes influencias sociales que van a modificar el comportamiento de ella, llevándola a actuar con formas que difieren de sus actitudes cotidianas, estas fuerzas se hacen patentes en los discursos y relatos de la cultura, de la religión, de la educación formal, de la normatividad consuetudinaria; en un casi infinito laberinto de ideas y sentimientos, del cual es muy difícil salir por el propio pie, ya que el auxilio emocional, la consejería de las otras mujeres e incluso las formas ortodoxas de la psicología y la psicoterapia, también están manchadas de androcentrismo.      

El mimetismo psicológico de la mujer no debe ser confundido con adaptación a nuevas condiciones de vida como suelen exigir los jueces defensores de statu quo social, el mimetismo por ser destrucción de la autonomía y anulación de la singularidad, aliena a la mujer de su esencia natural, corrompe su subjetividad, la torna incongruente con la joven mujer que fue antes de comprometerse, seccionando su integridad espiritual en el curso vital; por eso, en tantos amenos relatos de la pareja perfecta donde hombre y mujer son “uno hecho para el otro” hay una sombra de tragedia por la esencia perdida de ella, sentida a veces en el ocaso de la vida, en que se cuestiona si todo lo invertido en mimetizarse valió la pena.    

¿Cómo evitar el mimetismo psicológico con el varón? es una pregunta que nos llevará a debates arduos porque es un hecho que no depende solo de nosotras, demanda un nuevo contrato social, que aún está muy lejos de ponerse en la mesa de discusión. Mientras tanto, seguiremos reflexionando y compartiendo nuestras experiencias, teorizando a la mujer aparte del modelo masculino de persona, denunciando la desigualdad y resistiendo al patriarcalismo.  

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